miércoles, 17 de julio de 2013

Una fiesta en el campo

Aquella mañana, amaneció con un sol esplendido que alumbraba toda campaña. A pesar de ya haber entrado en mediados de julio y de que el calor empezase a ser aplastante, los campos lucían preciosos y vestían engalanados sus mejores colores, tiñendo la campiña de malvas y ocres.


Por fin había llegado el gran día, Papillon iba a esposarse. Pero antes de ello, sus amigas más íntimas habían decidido celebrar una pequeña fiesta, en la cual poder charlar y compartir confidencias. 

Desde bien entrada el alba, la laboriosa Ape, había estado decorando su pequeño jardín. Allí, entre todas habían decidido celebrar el encuentro. Amorosamente, había estado colectando un poco del polvo de lavandín, con el que había preparado unos dulces aromáticos que conquistarían a los más exigentes paladares. Aun recordaba amargamente el último encuentro, cuando Mangosta se quejó de que le faltaba algo de miel a sus dulces.


No es que fuera quisquillosa, pero trabajaba arduamente y le gustaba cuidar hasta el más mínimo detalle. Esta vez, sus dulces estaban a punto y ese toque de la miel de lavanda, sorprendería gratamente a su inseparable amiga. Además, era el color preferido de Papillon y hoy era su gran día. Todas debía estar unidas para celebrarlo con ella.

Mientras Ape estaba acabando de darle su toque secreto a los dulces, llegaron Cuca y Fera, las gemelas. Eran divertidísimas, pues siempre andaban discutiendo. Lo que una opinaba, la otra le llevaba la contraria. Pero en el fondo, se querían un montón y no podían pasar la una sin la otra.
Para este día, tras mucho discutir, finalmente habían decidido colaborar haciendo unas guirnaldas de flores, de esas que tanto le gustaban a Papillon. Habían pasado gran parte de la noche, enlazando pequeñas forecitas con hilo de seda y el resultado había quedado de lo más espectacular. Su amiga iba a estar muy contenta cuando las viera.


Ape, les ayudó a colgarlas entre las ramitas cortas de los matorrales y a enlazarlas unas con otras. Realmente, se sentían muy satisfechas, pues ese pequeño rincón empezaba a tener alma propia y el gran Eolo, dios del viento, les ayudaba soplando una ligera brisa que favorecía que los aromas se mezclasen.

De repente, empezaron a escuchar un sonido muy familiar. No podía ser otra, Mangosta se estaba acercando, tarareando alguna de sus nuevas canciones. Si, Mangosta era la especialista musical del grupo. Tenia un gran don y con simplemente la ayuda de sus largas piernas y unos brotes de trigo, era capaz de improvisar la más bella de las sonatas.

La vieron llegar cargada de semillas de trigo, con las que había hecho unas pequeñas coronas, para que todas luciesen como unas reinas. Rapidamente, corrieron a su encuentro y le ayudaron a depositar tan bellos objetos sobre una pequeña piedra blanca.


Mangosta les explicó que había compuesto una melodía especial, con acordes suaves, para tocar el día de la boda. Y evidentemente, todas le suplicaron que se la tocase antes de que llegase la novia.

A mitad de la canción escucharon el inconfundible lamento de Baby, pues era la benjamina del grupo. Llegaba fatigadisima, después de la larga caminata que se habia dado. Ella vivía a las afueras de la campiña y no es que fuese muy rápida avanzando.

Venia cargadísima de una frutal bebida. Había estado pensando que con la calor que hacia, sería bueno tener algo refrescante. Ape, como buena anfitriona, había dispuesto unos pequeños charcos de agua del arroyo, para mantener a buena temperatura el dulce jarabe que había preparado Baby.


Baby les explicó, que había usado una receta que hacia su abuela. Se trataba de mezclar el néctar de lavanda con unas gotas de limón. Y que había traído como recipientes, unos pequeños cubículos hechos con las flores secas del lavandín. Estaba segura que a Papillon le encantarían, pues eran de su color preferido, el malva clarito.

Todas estaban emocionadísimas, ya que Papillon era la primera en dar el gran paso. Hace algunos años, había llegado a la campiña un adorable sureño, con porte altanero y colores brillantes. A Papillon le había encantado desde la primera vez que lo vio. Al verlo llegar acompañado de otra dudó de sus posibilidades, pero finalmente resultó que la otra era una prima lejana y ahora formaba parte de tan entrañable grupo.

Grila llegó tarde, como siempre hacía. Formaba parte del protocolo sureño, que después de varios años, a ellas tan meridionales les costaba entender. Traía consigo, unos salatines especiados, hechos con el polen de las mil flores. Era una especialista en ellos, pues quedaban tan crujientes, que al ponerlos en la boca el deleite era tan grande que mil estrellas explotaban en él.


Mangosta, al ver los salatines se puso muy nerviosa, la tentación era tan grande...que ceder a ella iba a ser un arduo trabajo antes de que llegase Papillon.

Grila, les explicó que antes de salir de casa, había espiado al novio, que andaba preparando sus grandes alas con polvo estelar, para brillar aún mucho más. Estaba muy emocionado, pues Papillon lo era todo para él.

Ape, dejó los salatines en un oscuro mineral, para dar más potencia visual a tan claros aperitivos. Todas se miraron y sonrieron satisfechas. Ya estaba todo preparado para la llegada de Papillon. Tenian muchas ganas de verla y compartir con ella ese gran dia, unos intantes antes de que se uniese a Farfallo.


Y allí llegó, expandiendo sus brillantes alas y se posó sobre su preciada flor, la lavanda. Todas acudieron a recibirla. Y empezaron a charlar y charlar, comiendo y bebiendo, compartiendo un bello momento que siempre recordarían. Pues la amistad teje unos sutiles hilos que aun cuando la distancia es lejana, se sienten siempre en proximidad.



Como ya sabéis, la penúltima historia la de Un te en el desierto, era una pequeña colaboración entre el grupo de amigas bloggeras de Lío de fotos. Y aquí estamos una vez más con un nuevo reto, en el cual la palabra clave, dado que estamos en veranito es: la preparación de una fiesta.

Nuestra Mariu, desde  gelatina de plata nos propone una dulce fiesta de helados. La benjamina Rocío, desde sweet confetti nos trae unos fantásticos imprimibles para decorar nuestras fiestas. Cristi, que tiene una estupenda mano para la cocina, desde la mujer del fotografo es química endulza nuestra amena fiesta con una deliciosa tarta. Anna, nos deleita con su especial arte en cazadora de inspiracion elaborando unos preciosos farolillos de cristal. Nuestra Bego atenta siempre a todos los detalles, se ha encargado de los detalles florales en living wall dressers. Y finalmente, yo elegí, lo que más me gusta, crear historias con imagenes. Así, que aquí os la dejo y en especial la quiero compartir con todas ellas, pues la red nos ha unido tejiendo los bonitos hilos de la amistad.



10 comentarios:

  1. Bonita historia y preciosas imagenes, has explotado al máximo la Provence.

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    1. Reme...he hecho lo que he podido...pero es que es increíble, me ha robado el corazón ;)

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  2. Que bonita historia! Acompañada de preciosa fotografia es aun mejor

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  3. Ana, me ha encantado esta historia, es tan femenina, romántica y dulce! Y que fotos tan bonitas!
    Un beso!

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    1. Mil gracias por tus palabras Anna, un besote.

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  4. Vaya historia mas bella, me ha encantado leerla desde la cama.

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    1. jejeje...que bueno Cris, pues nada a por otra...esta no creo que tenga segunda parte..a no ser que vuelva a la Provence por más bichitos ;)

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  5. Ana me has trasladado durante un ratito a esa campiña de flores, aromas y fresca brisa :-) me encanta!

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